Documental «La pesadilla de Darwin»

Lunes 25 de febrero de 2008
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Sinópsis

En el año 2004 Hubert Sauper presentaba un documental que muestra de forma demoledora hasta que punto los problemas sociales y ambientales van de la mano.

En la década de los años 60, en el corazón de África, una nueva especie animal fue introducida en el Lago Victoria como un pequeño experimento científico. La perca del Nilo, resultó ser un voraz depredador que arrasó con todas las especies autóctonas de este gigantesco lago. El nuevo pez se multiplicó rápidamente, y hoy en día sus blancos filetes siguen siendo exportados alrededor del mundo.

Enormes aviones de carga de la antigua Unión Soviética llegan diariamente para recoger los últimos cargamentos de pesca y, a cambio, descargan su mercancía… Kalashnikovs y munición para las innumerables guerras que tienen lugar en la parte central del continente. Esta explosiva industria multinacional de peces y armas ha creado una desoladora alianza globalizada a orillas del lago tropical más grande del mundo: un ejército de pescadores locales, ejecutivos financieros internacionales, niños sin casa, ministros africanos, comisarios de la Unión Europea, prostitutas tanzanesas y pilotos rusos.

Ficha técnica:

LA PESADILLA DE DARWIN (Darwin’s nightmare)

Dirección y guión: Hubert Sauper.
Países: Francia, Austria y Bélgica.
Año: 2004.
Duración: 107 min.
Género: Documental.
Producción: Edouard Mauriat, Antonin Svoboda, Martin Gschlacht, Barbara Albert, Hubert Toint y Hubert Sauper.
Fotografía: Hubert Sauper.
Montaje: Denise Vindevogel.
Estreno en Francia: 2 Marzo 2005.
Estreno en España: 1 Julio 2005.

Web oficial (España): www.sagreratv.com/darwin
Web oficial (Austria): www.darwins-nightmare.at
Web oficial del director Hubert Sauper: www.hubertsauper.com

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EL LAGO SECO. CUANDO NOS COMEMOS EL LAGO VICTÓRIA (?FRICA). LA DEUDA ASOCIADA A LA PERCA DEL NILO.

Testimonio dramático de los desastres de la globalización

A 50 toneladas de filetes de blanco pescado por avión destino al Primer Mundo, casi nadie está libre de no haber comido alguna vez un pescado que se vende en las pescaderías como «mero». Los filetes de «mero» no son los de otra especie que la de la perca del Nilo protagonista de La pesadilla de Darwin. Cada uno de nosotros contribuimos comiendo filetes de «mero» a la realidad que se narra en esta paradoja mortal de la que somos responsables.

Este film, considerado el mejor documental europeo del 2004, empieza con la sombra de gigantescos aviones atravesando el lago Victoria, el lago tropical más grande del mundo, -de 68.000 km2, dos veces la superficie de Cataluña. El ruido ensordecedor de los motores de los aviones de carga acompaña a los centenares de miles de pescadores que diariamente faenan entre redes las aguas del lago a la caza de la inmensa perca del Nilo. En los años 50 y casi clandestinamente, un funcionario colonial relacionado con el departamento de pesca, introdujo esta especie en el lago Victoria que resultó ser un gigantesco y voraz depredador. A lo largo de miles de años, los diferentes géneros de peces de las más de 300 especies endémicas de cíclidos catalogadas, se habían especializado en los diferentes nichos ecológicos del inmenso lago, muchos de ellos ciclando los detritos manteniendo el equilibrio natural y la salud de las aguas. Años después, la perca se ha multiplicado rápidamente, ha extinguido a más de 210 especies de cíclidos provocando la multiplicación de algas, la creciente eutrofización y la consiguiente anoxia en las profundidades del lago. Pero La pesadilla de Darwin no termina aquí; la perca se ha convertido en la especie más capturada, impulsando el florecimiento de una industria privada de procesado y comercialización de filetes destinados, exclusivamente, a la exportación hacia mercados extranjeros. En el año 1970 el volumen de pescado capturado de otras especies ascendía a 100.000 toneladas, veinte años después el volumen de perca capturada alcanzaba las 325.000 toneladas, representando el 65% del volumen total de pesca.

Hubert Saupert deja hablar a los protagonistas del film. A través de miradas tuertas de impotencia de secadores de cabezas de perca, canciones de jóvenes tanzanesas prostitutas de pilotos comerciales y gritos de peleas entre niños de la calle por algo de arroz o de cola, Saupert explica la desgarradora situación de 25 millones de personas que viven en los alrededores del lago, más de la mitad de las cuales se encuentra en situación de desnutrición. Mientras en un bar de pescadores la televisión recuenta los sacos de harina y arroz de donaciones de ayuda internacional que aterrizan para combatir las hambrunas que azotan el país, la exportación anual de perca entre los tres países que se reparten el lago Victoria (Uganda 43%, Tanzania 51% y Kenya 6%) asciende a los 72 millones de kg (datos del 2002). La comunidad local no se pueden permitir ni tan siquiera comprar el pescado que ellos mismos han pescado o que han ayudado procesar. Se limitan a consumir los desperdicios de la industria procesadora y las espinas.

En España el consumo semanal de perca se sitúa cerca de las 150 toneladas y, cada día, dos millones de personas del mundo rico comemos perca del Nilo probablemente sin saberlo, pensando que es filete de un pez inofensivo. Esta cantidad de pescado que comemos en el Primer Mundo cubriría las necesidades básicas de proteína de una tercera parte de la población desnutrida de los alrededores del lago. Un antiguo profesor de escuela reconvertido a pescador no duda en su respuesta enfrentado a la brutalidad con que el mundo desarrollado somete a estas comunidades: “es la ley de la selva, el más fuerte se queda con los recursos y, está claro, que el europeo es más fuerte que el africano”.

No es hasta que el espectador está completamente inmerso en el brutal expolio de las comunidades a las orillas del lago Victoria que Sauper empieza a estirar el hilo de la sorpresa deplorable que nos depara la segunda mitad del film. Mientras un pescador mira a su hijo cómo con los brazos extendidos imita el ruido de un motor de avión, comenta que se sentiría orgulloso que su hijo fuera uno de esos pilotos que transportan pescado a Europa. “Y podría traer muchas cosas de Europa… Podría traer… cosas.” La mirada perdida y el silencio interrogante a modo de respuesta. Las respuestas esquivas de los pilotos comerciales de la antigua Unión Soviética cuando se les pregunta qué mercancía descargan cuando aterrizan hace temer lo peor. Diariamente recogen los últimos cargamentos de filetes y, a cambio, descargan otras «mercancías» que pueden estar destinadas a las innumerables guerras del área central del continente africano.

El director argumenta que “es increíble que allí donde un materia prima es descubierta, los habitantes de las comunidades locales mueren en la miseria, sus hijos se convierten en soldados y sus hijas en sirvientas o prostitutas. Escuchar y ver una y otra vez las mismas historias me pone enfermo. Después de centenares de años de esclavitud y colonialismo en África, la globalización de los mercados africanos es la tercera y más aniquiladora forma de humillación para la gente de este continente. La arrogancia de los países ricos hacia el Tercer mundo (que representan 3/4 partes de la humanidad) está creando inconmensurables peligros futuros para todos”.

La pesadilla de Darwin es un film crudo, lleno de detalles y aderezado con una extraña mezcla de la resignación y la dignidad que destilan los protagonistas entrevistados, a los que el director consigue acercarse con asombrosa facilidad. Consigue estar lo suficientemente cerca de pilotos, políticos y propietarios de fábricas procesadoras de filetes para mostrarlos no como villanos sino simplemente como personas que intentan sobrevivir. Precisamente esto es lo que hace el visionado del film más revelador: permite experimentar la brutalidad de las injusticias desde múltiples ángulos con personas «normales», cercanas como protagonistas. Y revelador; después de la dureza de estos 107 minutos, difícilmente alguien puede quedarse sin reaccionar.

Curiosidades

Con la excusa de la perca del Nilo, el director Hubert Sauper nos propone un documental sobre las miserias de la globalización. Sin embargo reconoce que La pesadilla de Darwin podría haberse realizado en Sierra Leona sólo sustituyendo los peces por diamantes, en Honduras con las bananas, o en Libia, Nigeria o Angola con el petróleo.

Hubert Sauper dedicó varios años a este trabajo para explicar cómo una parte de los seres humanos del planeta muere de hambre porque se les roba la riqueza. El rodaje de esta película duró unos 6 meses de rodaje en África y acumuló unas 200 horas de filmación. Una parte importante del presupuesto del rodaje se volatilizó pagando multas y fianzas.

Este documental no deja indiferente. En Francia hay una campaña de boicot contra la perca del Nilo procedente del Lago Victoria. En España, diversas entidades advierten de la pesadilla que supone la alimentación global con la campaña No te comas el mundo, una propuesta destinada a promover el reconocimiento de la deuda ecológica, la exigencia del derecho a la soberanía alimentaria de todos los ciudadanos y a desmontar los mitos creados sobre esta temática.

La versión en DVD de esta película incluye el escalofriante documental sobre el conflicto en el Zaire a cargo de Hubert Sauper titulado Los Diarios de Kisangani.

La otra guerra de los mundos: depredadores, globalización y cinismo

CRÍTICA por Tònia Pallejà

“La pesadilla de Darwin” tiene el mérito de explicar algo que no interesa a nadie, y el valor de seguir interesada en explicárselo a todo el mundo. Porque el foco de atención de este modélico documental no es otro que África, cuna olvidada de la Humanidad, destino turístico de los privilegiados, pero, sobre todo, despensa y vertedero de las potencias blancas de Occidente que la han sumergido en un pozo de pobreza, guerra, corrupción y marginalidad in secula seculorum. La imagen que devuelve el espejo inevitablemente molesto del “subdesarrollo” no podría ser más nítida: es la falta de escrúpulos de aquellos que continúan expoliando a los más débiles a través de un nuevo orden de colonialismo, pero también la connivencia de los que la aprueban y la indiferencia de quienes, finalmente, apartan la mirada hacia otro lado. Es algo que a nadie le gusta escuchar, pero que no por ello deja de ser menos cierto: el Primer Mundo vive bien gracias a que en el Tercer Mundo se vive muy mal. Y es esa responsabilidad compartida lo que, en última instancia, tanto nos cuesta digerir.

Lo que nos cuenta Hubert Sauper bajo este oportunísimo título es una fábula terrorífica, más que audaz, salvaje, que trata precisamente sobre la evolución y la supervivencia del más fuerte a costa de los menos aventajados. En Tanzania, esa Naturaleza que dicta idénticas leyes para los animales y los hombres, ha servido una significativa metáfora envuelta en la ironía más despiadada. Durante los años sesenta, un pez exótico fue introducido en el Lago Victoria a modo de experimento científico a pequeña escala. La perca del Nilo resultó ser un feroz depredador para las especies autóctonas, a las que no tardó en arrasar, reproduciéndose a gran velocidad y amenazando el equilibrio ecológico de las extensas aguas. Sin embargo, la exquisita carne de aquel animal abrió un nuevo filón para las empresas extranjeras, y, en la actualidad, alrededor de la perca gira una industria multimillonaria que abastece a algunos países de Europa y Japón, donde este pescado es de consumo común. La exportación del producto enlatado en tierras africanas genera un constante tráfico de aviones rusos, que aterrizan en un rudimentario aeropuerto sembrado de esqueletos de otras naves accidentadas como consecuencia de la precariedad de las instalaciones —suena a chiste, pero no lo es: el flujo de vehículos está en manos de un semáforo de bolsillo con el que el único responsable de la cabina de control sustituye una radio inutilizada—. A diario, esta flota, mayoritariamente ucraniana, parte con una carga de toneladas de pescado, pero la voz del periodista, siempre fuera de campo, interroga una y otra vez sobre la misma cuestión: lo que le inquieta no es el viaje de vuelta, sino aquello que llevan dentro de sus bodegas en el de ida. La respuesta pertenece también al fuera de campo, disimulada o evasiva, y no hace más que confirmar las sospechas: el comercio de la perca está ligado a la introducción de armamento, que se destina a las guerras vecinas de Sudán o el Congo. Pero, además, la cadena de la perca ha hecho florecer otro negocio residual: la presencia permanente de los pilotos ha dado sentido a la prostitución como solución de emergencia ante las penosas circunstancias que atraviesa el país. Son las mujeres tanzanesas que venden su compañía al personal aéreo por precios irrisorios, jugándose a menudo la vida entre hombres de paso a quienes nadie pedirá explicaciones si algo va mal.

No obstante, la más atroz de las paradojas servidas por la globalización está aún por llegar: la perca que alimenta cada día a dos millones de personas en el exterior y engrosa las arcas de las multinacionales, mata literalmente de hambre a los habitantes de Tanzania. La gente que vive alrededor del lago tiene prohibido pescar para consumo privado para no perjudicar la venta, y la industrialización ha disparado los precios de este pescado hasta extremos tan inalcanzables para la población civil, que tienen que conformarse con comer sus desechos. Un camión transporta desde la fábrica hasta los arrabales montañas de cabezas y raspas en estado de descomposición que otros se encargan de ahumar en extensos caballetes de madera, poniendo en peligro su salud por el ácido que se desprende. Se trata de una manufactura que discurre paralela a la de las factorías: la que cubre el mercado interior. Y suma y sigue, porque todavía existe un último eslabón más trágico, si cabe, que saca provecho del proceso de envasado. Con el plástico sobrante, los niños que malviven sin techo por las calles de Mwanza y Musoma, obtienen una cola líquida que inhalan para desconectar de una rutina de abusos sexuales y mendicidad.

Lamentablemente, las desgracias que desangran a Tanzania no se acaban aquí. Está también el azote periódico de la hambruna, la amenaza constante de los conflictos bélicos, y las ONGs, que han convertido la ayuda humanitaria en otra fuente de lucro, porque sus clientes son el hambre, la muerte y la enfermedad, y sin clientes no existe justificación. Está la plaga del SIDA, esos críos que acuden a la droga más pedestre, y está esa otra droga, la de la religión, con Jesucristos blanquísimos en Technicolor, cuyos ministros condenan el uso del preservativo porque es pecado, mientras lamentan la alarmante propagación del VIH. Y están, por último, las autoridades políticas y espirituales, preocupadas por la mala imagen que se pueda ofrecer en el exterior, porque ellos quieren, textualmente, «vender el país» y así no hay manera, frente a la hipocresía de los supervisores de la Unión Europea, que durante sus visitas de rigor dan el visto bueno a todo lo que ven y a lo que no ven… o prefieren no ver.

Sauper, director y guionista del proyecto, no deja títere con cabeza en este fresco desgarrador que se va extendiendo ante nuestros ojos, porque, simple y llanamente, aquí hay muchos títeres, pero ya no queda ninguna cabeza que se pueda erguir con orgullo, ya sea por vergüenza o desesperación. Su historia es la del pez grande que devora al pequeño, una espiral de atrocidades que, como la pescadilla, se muerden la cola, y esa perca omnipresente como catalizador de ese otro depredador que es el hombre. Hay una escena que resume a la perfección el sentido alegórico de la película: un pez mecánico que cuelga del despacho del ufano director de la fábrica canta el «Don’t worry, be happy» mientras se contonea. Es éste, por supuesto, un mensaje teñido de sarcasmo que va dirigido al Primer Mundo: aquí todo está bajo control. Más desarmante resulta, sin embargo, la actitud de los ciudadanos negros que, aun sumergidos en todas las adversidades posibles, no han perdido su capacidad para reír, soñar, luchar, solidarizarse… Nunca se lamentan, no maldicen, no gimotean; en cambio, agradecen tener todavía un trabajo y algo que llevarse a la boca al cabo del día. Se trata de la mayor lección de humildad y dignidad que un ser humano puede regalar a otro, y que contrasta con el fácil victimismo que aflora en las naciones desarrolladas a las primeras de cambio.

Haciendo de la escasez de medios una virtud, y siguiendo el hilo de sus propios descubrimientos, este soberbio film nos depara un discurso visual austero, oscuro, granuloso, sólo aparentemente errático, porque avanza en círculos concéntricos, si no viciosos, igual que el destino turbio y estancado de sus protagonistas, ampliando con cada nueva vuelta la perspectiva, profundizando en los temas y poniendo de relieve nuevos lazos. Como si trazara pinceladas aisladas, este realizador de origen tirolés nos acerca a la actividad alrededor del lago, a los ejecutivos y empleados de las factorías, a la intimidad del personal aéreo y a sus chicas de recreo. La cámara pasea por las barracas de una comunidad integrada por pescadores y prostitutas, confinados en una isla como si fueran una suerte de leprosos sociales, para quienes la muerte es más cara que la vida; desciende a las calles desérticas que de noche se pueblan por esa infancia abocada al vagabundeo y la autodestrucción; se introduce en las reuniones de los altos estamentos y en las hogueras que congregan a los desposeídos en la playa. De los despachos a las chabolas, de la pista del aeropuerto al interior de las casas, del banquete de unos a las migas que recogen los otros, del paisaje natural al rostro humano. En este recorrido sórdido y grotesco surgen testimonios descorazonadores, como el del vigilante nocturno que ha conseguido el trabajo porque mataron a su antiguo compañero y se protege con un puñado de flechas de punta envenenada, el de la mujer desahuciada por el virus a la que sólo le queda esperar a la muerte, o el de esa otra que se tapa el ojo que perdió y aguarda una operación que probablemente no llegará. Pero son las escalofriantes escenas las que, en definitiva, se pegan a la boca del estómago y aniquilan cualquier atisbo de cinismo: esas manos y esos pies hundiéndose en los restos del pescado putrefacto que luego se comerán, donde los gusanos se confunden con el fango, son imposibles de olvidar. El resultado final de estos retazos, engañosamente inconexos, fatídicamente vinculados, es un paisaje dantesco ante el que uno no sabe si sentir asco o pedir perdón. Llamar notas de humor a ciertos momentos de distensión sería obsceno: la risa se queda congelada cuando nos damos cuenta de lo que la motiva.

Aun así, es el impecable tratamiento que se le ha dado a todo este material lo que aumenta su valía. «La pesadilla de Darwin» posee el rigor de la honestidad y la modestia: el autor cede todo el protagonismo posible a los afectados a través de imágenes y conversaciones en estado puro, silencios que respiran, elocuentes miradas y gestos, apenas pautados por unos rótulos que nos sitúan, subrayan o contrastan aquello que observamos y oímos. Pero, más allá de la fuerte impresión que genera, de sus contundentes revelaciones o de la denuncia que suscita, existe algo que hace de este documental, tan incómodo como de obligado visionado, un ejemplo a seguir. Sauper ha confeccionado un producto inteligente destinado a los que considera espectadores inteligentes, porque enseña sin juzgar, transmite sin manipular, pone en relación sin necesidad de colgar etiquetas, y secuestra el interés con contenidos y no con especias —no hay música, ni montajes efectistas, ni voces en off, que amenicen o sobredimensionen este brutal descenso a los infiernos—. Y encontrarse hoy en día con algo así, que rehuya el panfleto y sortee la tentación de complacer, para que cada uno extraiga luego su propia valoración, es un milagro. De hecho, el cojín de premios que lo respaldan —incluido el de Mejor Documental en los Premios del Cine Europeo— son una nadería frente al incontestable aval que otorga la realidad desquiciante a la que nos aproxima. No hace falta recurrir a las ficciones alienígenas de Spielberg con las que comparte cartelera para asistir a la guerra de los mundos más perversa.

La conclusión no podría ser más pesimista. Pero si cambiar el curso de la Humanidad supera la utopía, abrumarnos por nuestra cuota de culpa es, como mínimo, impagable: «La pesadilla de Darwin» no sirve, ni mucho menos, para sentir lástima por los otros, sino para sentir vergüenza de nosotros mismos. Sin ningún género de dudas, uno de los documentales más impactantes y memorables que se hayan podido ver, uno de los más necesarios y valiosos que se hayan podido producir. Por el arrojo y la lucidez con que nos implica a todos y cada uno, no cabe sino agradecerle la bofetada.

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EL LAGO SECO. CUANDO NOS COMEMOS EL LAGO VICTÓRIA (?FRICA). LA DEUDA ASOCIADA A LA PERCA DEL NILO.

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  • Mensaje 1
    • por LUCIÉRNAGA,23 de septiembre de 2011 Documental «La pesadilla de Darwin»

      La vida se nos muestra absolutamente como una trampa, una gran MENTIRA. Cuando busco encuentro, cuando me emociono al ver un documental como este. Creo que TODOS deberíamos ver. Después decidir si reenviar a nuestros contactos. La ignorancia nos conduce hacia tanta crueldad, la forma para dejar de ser crueles es cambiar esa ignorancia por el saber.
      Cuando yo veo este tipo de cosas, tanta MENTIRA, me refuerza más aun mi locura, mi creencia en que debemos buscar siempre BUSCAR, esto nos ayudara a discernir para poder entre todos cambiar todo aquello que no nos gusta de este mundo. Aunque este sistema siga empeñado en mentirme Yo creo en mí, por eso yo seguiré buscando mi verdad.
      Agrego a ese correo de la panga que existen miles de productos manipulados mundialmente por los humanitos dañinos para la salud y enriquecedores de las multinacionales.

      Que COMO SER HUMANO descubro un pescado primo hermano del panga la carpa que es de lo que trata este documental y mirando con este objetivo dejando a un lado mi ego y mi ignorancia me llega al alma tanta crueldad humanita no es justo nuestro comportamiento ignorante para con los demás AFRICA ESTA HABITADA POR SERES HUMANOS.

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